Siglos XVI, XVII y XVIII 2ª parte

El canal vuelve a entrar en servicio en diciembre de 1741, pero de nuevo aparecieron numerosos sumideros -sobre todo entre San Martín de la Vega y Ciempozuelos- que lo inutilizaron (al parecer Feringán gastó en su reparación 800.000 reales, aproximadamente un 10% del coste de la obra previamente ejecutada por él mismo). A pesar de ello, en 1749, bajo el reinado de Fernando VI, retoma el proyecto el ingeniero Carlos de Witte, que, entre otras obras, abre dos cauces alternativos para evitar los sumideros: las acequias de Serrano y de la Media Luna. La primera nace del desaguador de Matalobos y finaliza a la altura de la Vereda de las Cárceles, la segunda tiene su inicio entre los Km. 19 y 20, y con algo más de 13 Km. de longitud discurre entre el canal y el río Jarama. De esta forma se permitió el funcionamiento completo de la acequia durante algo más de un año, puesto que, pasado dicho tiempo, volvieron a formarse nuevos sumideros en Ciempozuelos y Seseña; en este último término, por falta de recursos económicos, no fueron reparados. Como consecuencia de ello se determinó conservar únicamente el riego hasta la vega de Ciempozuelos, al tiempo que la acequia de la Media Luna llevaba las aguas hasta tierra de Seseña; el resto, a partir de la Vereda de las Cárceles, quedó fuera de servicio, pese a que reinando ya Carlos IV se sustituyó la tierra de los sumideros por otra de mejor calidad compactada con pisones.

Desde el punto de vista administrativo Ciempozuelos seguía formando parte del condado de Chinchón, hecho que no fue obstáculo para que, durante todo el siglo XVI, se reprodujeran los antiguos conflictos jurisdiccionales con Valdemoro; así, se nombraron de común acuerdo árbitros que dictaron una primera sentencia -firmada por ambas partes el 18 de diciembre de 1508 en la desaparecida ermita de Santiago, limítrofe entre las dos villas aunque perteneciente a Valdemoro-, que no dejó satisfechas a ninguna de las localidades. Por ello iniciaron un nuevo pleito en 1550, zanjado temporalmente en 1569 tras varias sentencias y apelaciones ante la Real Chancillería de Valladolid, hasta que esta misma institución falló en 1588 a favor del conde de Chichón. Como consecuencia de ello, el marqués de Muñón, señor de Valdemoro, volvió a apelar ante la Chancillería, finalizando esta larga sucesión de pleitos con la sentencia, favorable al duque de Lerma para Valdemoro, dictada el 15 de julio de 1603. De esta manera quedaron señalados definitivamente los linderos entre los dos municipios.

 

En cuanto a la demografía, los primeros datos que tenemos nos los proporcionan los censos de 1530 y 1591, que arrojan cifras muy dispares: 484 y 873 vecinos respectivamente. El Catastro del marqués de la Ensenada, fechado en 1752, da una población -en la que incluye 76 viudas y solteras- de 428 vecinos y especifica que sólo uno de ellos vive en el Soto Gutiérrez, mientras que el Censo del conde de Aranda, realizado entre 1768-69, contabiliza ya 1949 habitantes. Aunque al analizar estos datos deduzcamos que las malas condiciones higiénico-sanitarias y las epidemias eran, en buena parte, responsables del estancamiento demográfico de Ciempozuelos, la Descripción Lorenzana, unos años posterior al Catastro, desmiente dicha hipótesis e indica textualmente: “la situación de esta villa es bastante saludable, sin experimentarse en ella contagio particular más que algunas tercianas”, habiendo aumentado por ello la población hasta los 500 vecinos.

Los datos referentes a actividades económicas nos revelan que agricultura y ganadería eran las ocupaciones fundamentales entre los habitantes de Ciempozuelos. Por el mismo Catastro sabemos que en el secano se cultivaban cereales (trigo, cebada, centeno y avena), viñas y olivos, mientras que en la vega, cuyas tierras “se regarán concluida la obra de la Real Acequia”, la producción consistía en hortalizas, melones, frutales -sobre todo granadas e higueras (las brevas negras, de excelente calidad, se vendían en la Corte según consta en la Descripción Lorenzana)- y, de nuevo, olivos. La ganadería, no tan importante, contaba con cabañas de lanar, caballar, boyal y de cerda, existiendo zonas de pastos y tres sotos -de la Peña de San Juan, del Parral y Gutiérrez- con abundantes álamos y chopos.

 

En cuanto a la industria, el Catastro registra en Ciempozuelos cinco molinos aceiteros (tres de ellos pertenecientes a presbíteros que obtenían algunos beneficios con su explotación), dos tenerías donde se curtían pieles, un pozo de nieve propiedad del marqués de Arcia, una jabonería sin uso y las conocidas Salinas de Espartinas, propiedad real que se cedía en arrendamiento a particulares y suministraba sal a la provincias del Reino de Toledo. El caserío lo formaban, de acuerdo con los datos del Catastro de Ensenada, 484 casas -todas habitables y 75 de ellas altas-, cuyos propietarios no pagaban tributo alguno por el asentamiento en el terreno. Labradores y jornaleros formaban el grueso de la población activa, pero existían muchas otras profesiones: en el pueblo prestaban sus servicios un médico, un cirujano y dos barberos sangradores, otros dos boticarios, un maestro y un preceptor de gramática, un buen número de arrieros, siete pastores, un agrimensor, un tabernero y cuatro mesoneros, un tablajero (carnicero) y un obligado de carnes (encargado de su abastecimiento), un abacero (vendedor de aceite, vinagre y legumbres), cinco tenderos, once panaderos -como dato curioso merece la pena reseñar que desde 1606 hasta 1739 Ciempozuelos estuvo obligado a contribuir al abastecimiento de la Corte con cien fanegas de pan cocido-, un chocolatero y un confitero, dos yeseros, cuatro albañiles, dos ministros de vara que impartían justicia, un barquero en el río Jarama a la altura de Bayona (Titulcia) y un administrador del tabaco.