Siglos XIX y XX 1ª parte

El siglo XIX comienza con la invasión napoleónica y la posterior Guerra de la Independencia, durante la cual Ciempozuelos sufre importantes daños. Años después, en 1811, las Cortes de Cádiz decretan la abolición de los señoríos, poniendo fin de esta forma al dominio que los condes de Chinchón habían ejercido sobre la villa durante más de tres siglos, mientras que ya en 1833, la nueva división territorial del país supone la integración de la localidad en la provincia de Madrid, dentro del partido judicial de Getafe.

Otros sucesos destacables en esta época fueron las desamortizaciones eclesiástica y civil. La primera, decretada en 1836, no afectó en demasía al municipio: se vendieron 16 fincas -8 del clero regular y 8 del secular- y 4 casas, pero, mientras el convento de monjas de Santa Clara continuó ocupado por sus moradoras, el de religiosos de San Francisco fue vendido a particulares. La desamortización civil o de propios provocó, por su parte, que un reducido número de compradores acaparase la mayoría de los lotes subastados; entre ellos destacaban dos sotos de 53 y 75 ha. situados en El Parral, con abundante arbolado, pasto y caza.

El nuevo siglo trae consigo la publicación de numerosos diccionarios geográficos que van a ser una valiosa fuente de información sobre demografía y aspectos socio-económicos de los pueblos de nuestra Comunidad. El de Sebastián de Miñano de 1826 nos da una población para Ciempozuelos de 2.094 habitantes, que en 1848 habían descendido a 2.060 (datos de Madoz), alcanzándose los 2.483 en 1889 (Marín Pérez). Las actividades económicas eran prácticamente las mismas que en el siglo pasado: se cultivaban cereales -sobre todo cebada-, viñas, olivos, judías, patatas -de las que se obtenían buenas cosechas-, cebollas, pimientos encarnados, alcachofas, pepinos, melones -vendidos en el mercado de Las Vistillas de Madrid-, sandías, higos, etc..., y la ganadería contaba básicamente con cabañas de lanar, vacuno y equino.

En cuanto a la industria, existían fábricas de salitre (una de ellas, abandonada ya a principios de siglo, pertenecía a la Real Hacienda), y seguían explotándose las famosas Salinas de Espartinas que surtían a los depósitos de Aranjuez, Toledo, San Martín de Valdeiglesias y Madrid. La relación de fincas rústicas desamortizadas en el término municipal -las Salinas habían sido adjudicadas a un particular en 1871 por 141.000 pesetas- nos van a proporcionar información detallada de sus instalaciones: el agua mineral se obtenía de un manantial que nacía al pie de las colinas y era conducida por un canal de madera que discurría a través de una galería construida a base de mampostería y fábrica de ladrillo. Se vertía a continuación en un enorme depósito o recocedero de 819 m3 de capacidad, llamado de San Miguel, con fondo de greda y paredes de este mismo material y entramado de madres, y desde aquí era distribuida a 18 albercas o vasos de cristalización -también de greda y esteras-, para desaguar finalmente, por medio de compuertas, en acequias de limpieza que vertían en un arroyo. En las más de 17 ha. que ocupaban las Salinas se levantaban edificios como la fábrica, con un patio central de 2.500 m2 alrededor del cual se disponían las dependencias; la ya mencionada ermita, cuyos muros de mampostería sustentaban una armadura de par e hilera; las casas del comandante, administrador, pesador y cabo, con patio-corral, cuadras, pajar, cueva, gallineros, cámara y habitaciones; los dos almacenes, que podían contener más de 60.000 quintales de sal y se construyeron con mampostería reforzada por machones en talud (el mayor estaba equipado con un andén de carga-descarga y poseía una buena armadura sostenida por nueve pies derechos); amén de las consabidas habitaciones de los dependientes, establos, almacenes de herramientas, etc...

También Emilio Muñoz en su obra “Ciempozuelos”, publicada en 1891, se va a hacer eco de la explotación de las Salinas y señala al respecto que se recogían 12.000 quintales de sal en los más de 20 vasos que estaban en funcionamiento, siendo también abundante la thenardita (SO4 Na2), nuevo mineral descubierto a principios de siglo en el lugar; además, los dos caseríos inmediatos, con sus correspondientes viviendas y dependencias auxiliares, constituían ya una importante colonia agrícola. Madoz, por su parte, reseña un molino harinero, llamado antaño de Matalobos y ahora del Rey, situado en el límite de la jurisdicción con San Martín de la Vega, mientras que, al finalizar el siglo, Marín Pérez nos habla de la elaboración de sosa y de la explotación de las minas de sal de Glauber, por las que la localidad era conocida. Muñoz, dos años después que Marín Pérez, aclara al respecto que se habían abandonado las minas denominadas Consuelo, Amparo y Protectora, situadas en la margen izquierda del Jarama -existía otro yacimiento en las Salinas de Espartinas-, desapareciendo también la fábrica de sales de sosa La Alcalina, de la cual quedaban las ruinas al pie del manicomio masculino, y una fábrica de jabones; pero, como contrapartida, menciona cuatro hornos de yeso, seis tahonas y una confitería con fábrica de gaseosas y cerrería.